El olor de la guayaba

Se me ocurrió juntar todas las guayabas que tapizaban de un verde clarito el patio de mi abuela, sentía una imperiosa necesidad de hacerlo porque me parecía asombroso que el árbol hubiera florecido y, más aún, diera ese fruto tan perfumado cuando tenía años de estar seco.

Sin embargo, ese guayabo, no era un simple guayabo larguricho y flaco, era una prueba pura de resiliencia, un guerrero, un ave fenix, un sobreviviente. Había pasado por la negligencia de mis tías que no lo regaban ni le hablaban bonito desde que mi abuela estaba postrada en una cama, en una habitación gris, climatizada para que no la mataran los calorones sicarios del norte, pero insípida, ‘sin chiste’ como decía ella, ‘sin matas’. Había pasado por un conato de incendio, luego de un domingo en que cocinábamos pozole rojo en la hornilla y nadie fue a cuidar el fuego que rápido saltó, quemando todo el tejabán, pero fue el guayabo lo primero en prenderse y quedar todo chamuscado, aclaro que como nadie de nosotros ardió como asado y seguimos salvos, los bomberos nos dijeron que quedaba en conato; y había pasado por mí, que a los 7 años me trepé y corté cada fruto naciente que vi, porque me pareció que podían usarse de canicas. Mi abuelo que pasaba a su taller de carpintería, cuando me vio soltó las tablas que cargaba menos una, fue tan rápida la maniobra que nada más recuerdo tres tablazos en las zancas ya aterrizada, quedé calientita, pero mi tata no estaba enojado, sino que se puso a mirar atentamente todas las ramas para darse cuenta que no había dejado siquiera una sola guayabita y me dijo ‘!ay! ¡ya lo salaste!’.

Y efectivamente, pa’ su jamás, por años, volvió dar signos de fertilidad ese árbol.

Entonces esta tarde que las vi, me di cuenta que estaba ante la presencia de un auténtico milagro. Allí, en ese patio quebrado y mugroso que tenía meses sin barrerse, casi voy por una veladora, percibía al árbol en un plano espiritual más elevado. Me decidí a juntar todas las guayabas a manera de ofrenda, además, para mí era como una especie de deuda moral que yo tenía con el guayabo, por haberlo salado por tanto tiempo y el que ahora lo mirara frondoso y tupido de hojas, era señal que ya me había perdonado. Sentí que debía poner todos los frutos de su renacimiento en un mejor lugar, así fuera nada más mi barriga en constante expansión el único destino inmediato.

Recolecté guayaba por guayaba, no estaban así que tú digas enormes, eran más bien medianitas, pero no me iba a poner exigente, Dios y el guayabo saben, apenas ellos, como manifiestan su intervención divina. Encandilada por el sol, vi de reojo una guayaba que estaba justo en el charco que se hace a un lado de la llave donde se lava el trapeador, hundida entre el lodazal y la hojarasca, ya embarrada de todo lo malo que salen de todas las cosas sucias que se enjuagan. Como que me di cuenta que esa guayaba estaba más grande y redonda que las demás que ya traía en el plato, y me acerqué a observarla. Sí, era perfectamente redonda y como de un verdesito más brillante, de ese verde que se ponen las guayabas cuando te quieren avisar que ya te las puedes comer, porque están en su justo momento, me agaché poquito y sentí su aroma, era el más fuerte de todas, nomás de olerla supe que estaba bien dulce. Pero no la junté. Estaba en el barro.

Ya en la cocina cuando terminé de desinfectar con el Microdyn todo el guayabal, mordí una que me salió bien dura. Allí, mojada de sudor, en el calor ardiente, con un chingo de pendientes domésticos por delante, y como buscando un pretexto para no hacerlos, me puse a reflexionar: me di cuenta de la frivolidad de mis actos, de lo fáciles que somos al dejarnos llevar, pensé que si el guayabo era como Dios que da la oportunidad de la vida, las personas, entonces, eran como las guayabas, de muchas formas, que algunas nacen con toda la perfección que son capaces de generar pero nacen, caen, en un mal lugar, y las condenamos a morir porque las vemos sin verlas, contaminadas, y nos negamos el tomarlas con nuestras manos para ayudar a limpiarlas, nos prohibimos el gusto de probarlas; en cambio otras no son tan perfectas pero sí privilegiadas como las que junté. Si la guayabita del charco hubiera estado en lo seco, no hubiera dudado en cogerla antes que todas. Me di cuenta, pues, de lo injusta, superficial, prepotente, ¡abusiva! que fui con la guayaba.

En fin, es hora que no decido si hacer mermelada o pay, pero lo que sí quiero es que yo y la cocina quedemos impregnadas como el patio mugroso (que ahora está perfumado, se ve luminoso y se siente con vida) del olor de la guayaba.

Claudia Evans, “Recopilación de cuentos de la casa de madera embrujada de Doña Elena”.

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