Encontrarte a ti mismo es arriesgarte a la soledad

Es tan necesario estar solo, y con soledad no hablo de ausencias, no, no dejes a nadie, no vayas a ninguna parte. De hecho, con “soledad” me refiero a la presencia total del testigo, o sea, del mí mismo, del “yo” rumiante y pensante.

Vivimos dispersos, fragmentados en miles de rostros y ocupaciones , hasta el punto en que nos es difícil comprender donde estamos, aquí y ahora.

La soledad te ayuda a alejarte, a mirar desde una nueva perspectiva, impersonal. Por lo tanto, a acercarte más a ti, a tu verdad.

Jamás lograrías percibir la forma completa de un retrato si lo miraras a un centímetro de distancia.

Necesitas alejarte, física y mentalmente. Desde lejos y en silencio.

Percibir las formas como lo que son, fríamente, te gusten o no.

Así, la soledad te permite abstraerte, aún de ti mismo, y observarte de una manera objetiva.

Alejarse permite comprender los absurdos del mundo, los cuales no se ven cuando estás en ellos.

Pero es difícil el silencio, la distancia, cuando todo hace ruido y todo busca tu atención constante.

Todos huyen de la soledad, todos se buscan unos con otros, porque saben que quizá eso que se revele cuando estén consigo mismos no les guste tanto.

¿Qué sucede cuando lo observado a la distancia eres tú mismo ?

Nadie quiere esa incomodidad, nadie desea ser abofeteado por su propia y verdadera forma.

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