Necesitamos el dolor para comprender la felicidad

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Me gusta ir por la vida con los pies descalzos, aunque las piedras a veces duelan y el calor de sol queme mis plantas; también he de sentir el pasto fresco por las mañanas, al viento acariciándome los pies.

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Existe una terrible obsesión por estar siempre protegidos, como dentro de un cascaron que excluye al dolor y nos mantiene siempre sonrientes. Pero eso es una existencia tullida.

Y no se trata de masoquismo, sino de viajar ligeros, porque el miedo pesa y una vida a la defensiva también desgasta.

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El goce y el dolor, juntos, nos vuelven totales, reales, vivos, porque la diferencia desaparece, sólo queda la experiencia, sólo resta sentir.

Bendito el dolor de la piel, qué grita cuando el alma enferma.

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Por eso me quito los zapatos y abro mi pecho al Sol.

Todos nacemos desnudos, abiertos a lo total. Cuando niños no existe una guardia que mantener y a veces nos hacen llorar. Pero jamás olvidamos como volver a reír, incluso con lo que nos hizo daño alguna vez.

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Nadie disfrutaría un paseo en bicicleta, si la hubiera dejado para siempre por haberse caído. Y qué ridículo sería ver a un adulto con casco y rodilleras toda su vida.

El miedo nos coloca cascos y rodilleras emocionales: vives, pero no es la experiencia completa.

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Desnudarse es mostrarse por completo, como niños, dejando expuestas nuestras debilidades, nuestras fibras más sensibles.

La vida es un yermo que pica, quema, escarcha la piel desnuda.

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De adultos aprendemos a estar bien protegidos y cuesta volver a desnudarse, cuesta abrirse otra vez.

A veces sucede contra nuestra voluntad, casi como un accidente, como un sueño donde retornamos a la infancia y recordamos como ser totales.

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Pero quien nos conoce desnudos también conoce lo que más nos duele.

Y muchas veces duele.

Muchos han sufrido tanto, y tienen tanto miedo que han olvidado ya como sentir, por eso aprenden a desnudar a otros, a lastimar.

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El dolor del otro les recuerda que alguna vez ellos también estuvieron vivos.

Por eso muchos deciden no desnudarse más. Cerrarse. Pero se cierran también a sí mismos.

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Porque el otro no es sino expresión del “yo”.

No dejaré de estar vivo sólo porque otros se han dejado morir.

Quien camine por la senda de la totalidad, habrá de hacerlo desnudo y con los pies descalzos.

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