Ni hormiga ni gigante

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A veces simplemente necesitamos ser rescatados. Desarmar nuestro orgullo, abrir nuestros brazos y lanzarnos al vacío.

 

Porque vivimos nuestra vida en primera persona no podemos ver cuán pequeños podemos ser. Como desde el fondo de un valle. Como la hormiga que se creía grande y caminaba por el mundo sin pena, inflada de orgullo, hasta que la aplastó el elefante. Así es nuestro ego de hormiga, de hormiga y elefante. Que no se descubre a sí misma hasta que la aplastan. Que no se detiene hasta que aplasta.

 

 

Abrir nuestros brazos cuando nuestros ojos están cerrados y dejarnos rescatar. Dejarnos rescatar por la vida. Entonces el rio te arrastra hasta el océano, el viento te eleva por los aires. Entonces puedes verte en tercera persona. Como desde una montaña y exclamar, quizá hasta con una sonora carcajada: ni hormiga ni elefante, ni pequeño ni gigante.

 

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